Sobre este episodio
La Abuela Malvada, quien consideraba que el cuerpo de ningun modo tenía agencia propia, dedicó días de su vida a tachar del recetario los alimentos que no solo tenían una connotación política (por los inmigrantes italianos anarquistas: la bola de fraile, el suspiro de monja, el vigilante, el librito, los cañoncitos y las bombas de crema) sino también una sexual (el tiramisú, la polenta)